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La nueva historia de Marcelo Birmajer: El regreso

A menudo me cuentan o me sucede una historia, cuyas coordenadas invitan a la narración. Pero en la mayor parte de estas oportunidades necesito el paso del tiempo -un concepto variable-, antes de saber si podré o no plasmarla en un relato.

Las historias que cuento no solo deben incluir en sí mismas el gen de lo extraordinario, sino también estar dispuestas a que yo sea el narrador. Muchas historias maravillosas me pasan de largo, porque no poseo la energía, el talento o la mera capacidad de abordarlas.

Nos habíamos reunido a cenar, en las postrimerías del 2001, que se alargaron hasta el 2003, en Buenos Aires, en un restaurant de gastronomía oriental, dos amigos, y un servidor.

Ambos se llamaban Fabián Harari, y pertenecían a la grey sefaradí del pueblo hebreo, como mi abuela materna. Pero como el resto de mis abuelos eran judíos de lugares tan remotos como Lituania, mi abuela paterna; Besarabia mi abuelo paterno; y Polonia, mi abuelo materno; según mis dos amigos, con el mismo nombre y del mismo lado de la mesa, yo no aplicaba para sefaradí por mi cuarto menguante: debía resignarme a mi ascendencia decisiva del este europeo.

Cuando terminó la cena, a la que yo había llegado caminando, surcando más de treinta kilómetros, eludiendo piquetes y emboscadas, uno de los dos Fabián Harari ofreció llevarme en auto a mi lejano hogar.

El automóvil aún respondía a la bonanza de la convertibilidad. Era un modelo importado, de alta gama, que a mí me dejaba tan indiferente como el estilo arquitectónico de una casa o el lugar en la tabla de tal o cual equipo de fútbol. Para mayor comodidad, lo había dejado estacionado en la playa privada de enfrente, curiosamente sin convenio con el restaurant.

Mi amigo presentó el ticket correspondiente y el playero le indicó que lo retirara, la llave estaba sobre el parabrisas. Sin embargo, al acercarse al vehículo, Fabián Harari descubrió que no era el suyo. Era el mismo modelo, sí. El mismo color. Pero la patente era otra.

Y no era que le hubiesen cambiado la chapa de la patente: tras el parabrisas se veía un banderín de Boca, un perrito colgado del espejo retrovisor, un paquete con moño. Todos detalles de un auto ajeno: Fabián Harari cinchaba por otro equipo, jamás hubiera colgado un perrito, detesta los moños.

Se habían llevado su auto, y dejado uno del mismo modelo y color. Fabián Harari transpiró como si hubiera regresado al desierto de sus ancestros. Intuí que yo volvería caminando a casa; pero no lo podía dejar solo. No exclusivamente porque se había ofrecido a llevarme y le debía al menos compañía frente al imprevisto, sino también porque el evento despertaba mi curiosidad de narrador.

Podía entender, no perfectamente pero entender al fin, que alguien apresuradamente se subiera a un auto ajeno: pero… ¿arrancar, llevárselo, pasar media hora sin descubrir que se trataba de otro auto?. ¿Cómo podía ser? ¿No era evidente que cada uno de los objetos del interior eran distintos del propio? ¿La atmosfera del auto propio no es inmediatamente reconocible? ¿Cómo no vio la chapa, la forma de la llave?

No podía ser un ladrón: había dejado su propio auto. El playero lo tomó, como se dice, con filosofía: sonreía, hacía chistes. Comentó que los ocupantes del auto equivocado eran dos ancianos, octogenarios, que venían de un velorio, pegado a la playa de estacionamiento.

El propio playero se apropincuó al velorio, consultó entre los deudos y regresó con una información relevante: la pareja de ancianos desencaminados se dirigían a su hogar en Zárate Brazo Largo. El señor era jubilado de no sé qué monumental empresa de por entonces. Fabián Harari especuló que si alguna vez regresaban, lo harían en carreta: ¿cómo conservarían el vehículo a salvo, si no habían sido capaces de distinguir el interior del mismo?

Yo recomendé la espera desencantada: como se espera al Mesías, sin apuro ni pausa. A diferencia del mar, el destino termina devolviendo todas las cosas que se le arrojan. Cité a Kissinger: Mao le dijo que no tenía apuro en recuperar la isla de Formosa, podría aguardar cien años, el destino la anexaría a la China continental, como habían aculturizado a los bárbaros durante milenios.

Fabián Harari y un servidor, por consejo de quien esto escribe, se retiraron a fumar un habano en un sitio de referencia -como quizás sus ancestros y por qué no los míos habían fumado narguile en las remotas casbas del Magreb-.

Al regresar a la playa -¿es casual que acabe de mentar el mar?-, dos horas más tarde, el hombre equivocado y su esposa arribaban en el vehículo de marras: el auto de Fabián Harari.

Inquirí al señor, de nombre Venancio: ¿cómo podía haberse llevado el auto ajeno? Como en el poema de Fernández Moreno: a los conductores, señor, qué les pasa: ¿no ven banderines, no sienten olor?

Venancio respondió, tautológicamente, que no se había dado cuenta. Sí, había notado que las cosas dentro del auto eran distintas: meditó acerca de aquellas extrañezas a lo largo del camino. ¿Por qué había otras calcomanías en “su” auto? ¿Por qué tantas llaves desconocidas? ¿Por qué en la radio no aparecían sus emisoras habituales? ¿Por qué el tapizado era de otro color? Pero en ningún momento se le ocurrió pensar que no era su auto.

La posibilidad de haberse equivocado tan radicalmente le resultaba menos probable que la de un cambio inexplicable de la realidad interior del auto. La esposa, si bien no desmentía la explicación, con cierta vergüenza movía las manos y retiraba el rostro: no pasó nada, no pasó nada, repetía, como si un niño hubiera derramado una jarra de agua en medio de una cena.

Propuse despedirnos con apretones de manos. La fiesta terminaba en paz (aunque el conductor equivocado, Venancio, proviniera originalmente de un velorio). Debo confesar que cuando finalmente Fabián Harari me dejó en casa, el auto propició algunos ruidos que hicieron temer un desenlace menos suave. No volví a saber del tema. Hasta el pasado 29 de noviembre: exactamente veinte años después.

Los Harari y un servidor, a modo de onomástico o efeméride, nos reunimos nuevamente en el mismo restaurante, las dos mismas personas con el mismo nombre, y el disonante. Mientras llegaban las entradas, reflexioné en voz alta :

– Aquella noche no reparamos en que ustedes dos se llaman igual y a la vez había dos autos iguales. Debe haber alguna clase de lógica oculta tras esas coincidencias.

Ambos sefaradíes negaron con gestos de subestimación: mi prosapia europea del este me llevaba a pensamientos rimbombantes, estrambóticos. Esta vez ellos pidieron postre.

El restaurant había subsistido, también la playa de estacionamiento, también la casa fúnebre. Hay cosas que no cambian nunca. Por ejemplo, las parábolas del destino: en la casa fúnebre despedían a Venancio. En el celular, recibí la noticia del fallecimiento de Kissinger. Ambos habían fallecido a los cien años.

Entramos más llevados por el peso de las coincidencias que por nuestra voluntad. Yo había conocido a aquel hombre como el extra de una historia rocambolesca: ahora era el protagonista del velorio.

Me acerqué a saludar a la viuda, casi centenaria. Lloraba como una vestal. Ponderé cómo presentarme. Pero me reconoció con una memoria inimaginable. Me llevó a un aparte. La gente comía kedaífes y baclavas, pero no del restaurante de enfrente.

– Lo supe desde antes de subirme -dijo con frialdad, como si no hubiera derramado una lágrima en toda la noche- No era capaz de distinguir una cosa de otra…

A su mirada asomó una vesania, con algo de procacidad, que la rejuveneció.

Las implicancias de la frase y su gesto eran de un crueldad que me sobresaltó. Me costó dormir preguntándome por qué de todos modos ella se había subido al auto equivocado; y aún al despertar sentí el insomnio, incluso ahora mismo, cuando doy final a esta peripecia, sin terminar de comprenderla.

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