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La nueva historia de Marcelo Birmajer: El Código Enigma

Regresaba de mi show de cuentos en Montevideo, en el buque a Buenos Aires, cuando uno de mis espectadores, que me reconoció a bordo, me informó que si salía en ese mismo momento a la cubierta exterior podría ver un resto del Graff Spee o algún otro barco nazi -no terminé de entender el nombre ni la fecha-, hundido durante décadas en una porción del río equidistante entre Buenos Aires y Colonia: la ruina de una batalla de la Segunda Guerra, entre la nave de guerra alemana y un destructor rebelde de la Francia de Vichy, que había desertado de la infamia de Pétain y reportado al mando de De Gaulle; en rigor, de Churchill.

Recapacité que no podía ser el Graff Spee; pero sin dejarme repreguntar, mi interlocutor, que ahora se presentó como historiador autodidacta -aunque con un título de Sociología del Detalle de la UBSA-, se expandió filantrópicamente en sus conocimientos: ese rezago de embarcación militar encallada -cuyo capitán se había suicidado engullendo un tenedor entero, entre estertores y aullidos de lealtad al almirante Raeder-, no se hallaba en ese preciso sitio ininterrumpidamente desde 1942, sino que había sido remolcado en 2011 por un magnate Italiano, coleccionista de reliquias de la Primera y Segunda conflagraciones mundiales (se decía que entre sus vitrinas constaba una peineta de Clara Petacci, la amante de Mussolini), pero que por culpa de la conjunción de un problema técnico con otro impositivo, había dejado en aquel lugar perdido de la mano de Dios ese monumental souvenir del Mal.

Por huir de aquella verborragia no requerida, más que por cualquier interés de atestiguar una pieza de museo superviviente del nazismo -muy a mi pesar ubicuo estos últimos dos meses-, salí efectivamente al aire libre, aliviado de poder estirar las piernas y respirar la brisa fluvial.

No vi ni ruinas, ni algún metal emergiendo, ni siquiera una gaviota, ni un bagre ni un furtivo monstruo submarino.

Pero sí un señor cargado con una veintena de libros, sin que acabara yo de descubrir si pretendía arrojarse al río con aquel lastre como ancla, o solo arrojar los ejemplares.

No sé por qué le sugerí:

– ¿Puedo mirar alguno antes de que los tire?

El hombre replicó con una mirada ambigua: por un lado, prefería tirarlos sin más trámite; pero por otro, intuí instantáneamente, no le desagradaba que me interesara en su historia.

– No creo que estos libros tengan algún valor para alguien más que para mí -dijo por fin-. En cualquier caso, los depositó en el piso, apenas húmedo por el rocío horizontal del río, y me dejó espiar los lomos.

Guía para ser una persona desenvuelta. El milagro de las compatibilidades. Tres pasos simples para dejar de estar solo/Tres pasos simples para separarse. Diccionario de las palabras que no se deben decir en la pareja. El conductor automovilístico en calma: una guía yogui.

Los autores me eran en todos los casos desconocidos.

– Son de autoayuda -comenté, desestimándolos con un movimiento de cabeza- Perdón por la molestia.

– Lo imaginé -concluyó-. Y catapultó, con cierto desdén y una medida de osadía, el primero de los libros a las profundidades.

– Mi finada esposa, Mabel, los leyó todos.

– ¿Recuerda alguna de las palabras del diccionario para no mencionar en pareja? -consulté-.

– No lo leí completo ni recuerdo alguna palabra. Ella nunca me lo comentó.

Acto seguido, El milagro de las compatibilidades se hundió en el anonimato de las aguas, ajeno a su título.

– Conocí a Mabel en un hospital. Yo estaba cenando, con mi primera esposa, cuando de pronto un hombre, que cenaba solo, se atoró con un pedazo de milanesa. Por ridículo que le suene, se estaba ahogando. Siempre pensé que pedir milanesa en aquel lugar tan sofisticado era una herejía. Quizás un Dios gourmet lo castigó.

Preguntaron si había un doctor en la sala, me puse de pie y acudí. Interrumpí mi cena de aniversario de boda. Fue necesario llamar a una ambulancia. Nos llevaron al hospital más cercano; no al sanatorio donde yo trabajaba. Lo acompañé, claro. Hasta que llegó la esposa (la habían llamado desde el restaurant, consultando los datos en la billetera), el señor falleció. La esposa, que llegó poco después de que el hombre expirara, era Mabel. Por respeto no le digo el nombre del occiso.

Fue un romance a primera vista. Mi primera esposa no me perdonó que yo regresara a casa recién a las cuatro de la mañana. Era nuestra noche de aniversario de bodas. Acompañé a Mabel en todos los trámites del fallecimiento del marido. No nos separamos nunca más.

A poco de casarnos, ella viuda, yo divorciado, comenzó a comprar estos libros de autoayuda, que a mí me resultaban totalmente insípidos. Ella vendía joyas y le iba bien. En contraste con esta bibliografía, nuestra historia de amor demostraba que no hay regla alguna para encontrar a alguien en la vida.

Descubrí que Mabel subrayaba sistemáticamente párrafos de los libros que compraba. Por entonces no existía el comercio electrónico, pero ella compraba los libros por correo. En algún momento, sentí curiosidad por sus subrayados. ¿Qué subrayaba? Sin el menor interés en el contenido de los libros, me aboqué a buscar las marcas de resaltador fucsia. Eran incomprensibles. Los subrayados no respondían a lógica alguna.

El romance menguaba: de la pasión inexplicable que nos había arrasado desde que llegó al hospital a revisar el cadáver de su marido recién fallecido, pasamos a discutir acerca de si comprar pan lactal o francés para el desayuno, si tostarlo o no. Nos daba pereza separarnos: deshacer otra pareja, mudar los enseres, buscar otra compañía. Mi nueva pasión era descubrir el sentido de sus subrayados.

En el colmo del hastío, cuando pensé que ni por pereza podría continuar a su lado, como una revelación descifré el código fucsia. No subrayaba para recordar párrafos significativos: utilizaba un complicado sistema alfanumérico para llevar un diario privado. No exactamente un diario: un manual de instrucciones sobre cómo le gustaría que yo fuera para recuperar su amor.

Volver al restaurant de nuestro vertiginoso primero encuentro -donde su finado se había atragantado con un trozo de Suprema Maryland-, caminar por la orilla del mar Mediterráneo, asistir a un amanecer en Mykonos.

No éramos tan jóvenes como para no poder asumir esos gastos, ni tan viejos como para no disfrutarlos. Sin advertirle que había destrabado su sistema Morse, utilizando una coartada eficiente, la llevé al restaurant de sorpresa. Me lo reprochó: no quería ver nunca más ese lugar. Ni el Mediterráneo ni Mykonos funcionaron.

Fingí que habíamos ganado un viaje en crucero por un concurso entre médicos. En Mykonos aparecimos como parte del tour. Pero esa segunda luna de miel fue inocua. Supuse que nos separaríamos al regresar. En cambio, falleció. Una enfermedad que no suele ser terminal, se la llevó en apenas días.

Durante años, cavilé sobre por qué me había reprochado llevarla al sitio que ella misma había anotado. También me pregunté por qué ni su sueño realizado del Mediterráneo ni Mykonos le habían movido un pelo.

Sacrificó otro libro, como dándole de comer a una criatura ávida en el lecho barroso, y me asestó la respuesta:

– Una cosa era lo que ella pensaba, y otra lo que sentía.

Ella realmente pensaba y quería volver a aquel restaurant, pasear juntos por la orilla del Mediterráneo, amanecer conmigo en Mykonos. Pero su corazón, sin palabras, le dictaba otra cosa. Se había enamorado de mí del modo más estrambótico, y la normalidad literalmente la mató.

De súbito, me arrepentí y le dije al lanzador, antes de que se deshiciera de ese volumen:

– ¿Me deja el de las palabras que no se deben pronunciar en la pareja?

– ¿El diccionario?- preguntó retóricamente. Y con la misma expresión ambigua con que había replicado a mi primera pregunta, lo dejó ir al vacío, como si mi asentimiento no hubiera llegado a tiempo.

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